No vi al ángel, que un dios mandó para matarte, por miedo a no existir. No tuve ojos rojos ni mirada piedra ni la mano sangre ni la boca espanto. No arranqué palabras de mi corazón en la eternidad, en la muerte, en los pájaros. No respiré un cadáver en fumaderos de opio ni fui cadáver respirado y comido por la soledad; no escuché el silbido de los perros de los trenes y el de mi propia mente no lo escuché. No lastimé mi mano, con la cruz (en un tranvía) para ser Cristo. No cumplí los dieciséis en un manicomio francés, ni siquiera nací en Francia y mi padre no fue un poeta que descomponía las flores porque eran hipócritas. No llevé poemas de celda en celda (a través del muro) con la confianza de un animal sin razón. No me suicidé cien veces. Ni fui donde los puertos para oír las prostitutas llorar los barcos y el advenimiento de una humanidad hacia los muelles y hacia el olvido. No fui expulsado de todos los países; cada vez, hasta mi Patria: extranjero del hombre. No estuve en Sierra Madre viviendo como indio, ni aprendí que eran poetas, porque sus esqueletos brillaban en la oscuridad de la historia. No viajé sin mapa por cementerios olvidados, ni parí un dylan tomas. No vendí mi alma a la imaginación, para que otros pudieran ver. En la cúspide de fuego que arrasó con mi país, no escribí sin ojos ni supe que eras vos cada uno de esos locos que entregaron la vida.
No vi al ángel,
que un dios mandó para matarte,
por miedo a no existir.
No tuve ojos rojos
ni mirada piedra
ni la mano sangre
ni la boca espanto.
No arranqué palabras
de mi corazón
en la eternidad, en la muerte,
en los pájaros.
No respiré un cadáver
en fumaderos de opio
ni fui cadáver
respirado
y comido
por la soledad;
no escuché el silbido
de los perros
de los trenes
y el de mi propia mente
no lo escuché.
No lastimé mi mano,
con la cruz
(en un tranvía)
para ser Cristo.
No cumplí los dieciséis
en un manicomio francés,
ni siquiera nací en Francia
y mi padre no fue un poeta
que descomponía las flores
porque eran hipócritas.
No llevé poemas de celda en celda
(a través del muro)
con la confianza
de un animal
sin razón.
No me suicidé cien veces.
Ni fui donde los puertos
para oír las prostitutas
llorar los barcos
y el advenimiento
de una humanidad
hacia los muelles
y hacia el olvido.
No fui expulsado
de todos los países;
cada vez, hasta mi Patria:
extranjero del hombre.
No estuve en Sierra Madre
viviendo como indio,
ni aprendí que eran poetas,
porque sus esqueletos brillaban
en la oscuridad de la historia.
No viajé sin mapa
por cementerios olvidados,
ni parí un dylan tomas.
No vendí mi alma a la imaginación,
para que otros pudieran ver.
En la cúspide de fuego
que arrasó con mi país,
no escribí sin ojos
ni supe que eras vos
cada uno de esos locos
que entregaron la vida.
Adrián Campillay LAS FLORES SECRETAS Ed. La Piedra en la Honda -San Juan, 2004- más textos en EL MOMO (clik para entrar) más textos en A. CAMPILLAY (clik para entrar)
Adrián Campillay
LAS FLORES SECRETAS
Ed. La Piedra en la Honda -San Juan, 2004-
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Referencias (0) Etiquetas: adrián campillay, antonin artaud, poesia, momo, siglo artaud, desierto, flores secretas
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